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"La gran victoria del enemigo fue el terror que generó"

Guillermo Pochetino tiene 67 años y durante la última dictadura cívico militar, estuvo preso, fue marcado y perseguido. Está casado con Graciela Nívoli, su compañera de vida, quien tiene un hermano desaparecido y otro que estuvo detenido. Se exilió primero en Brasil, luego viajó a Suecia y antes de volver a Argentina, vivió en Nicaragua y Costa Rica. Hace 40 años atrás su historia no podría haber sido contada

Era apenas un pibe que militaba en la Juventud Peronista cuando comenzó la noche más negra en la historia de Argentina. Instaurada la Dictadura, comenzó a ser perseguido y tuvo que exiliarse para salvar su vida y la de su esposa. Esta es la historia de Guillermo Pochetino, el exiliado que vivió.

¿Cómo fue que empezó a militar?

Yo nací en Armstrong y me fui a estudiar a ciudad de Santa Fe a la facultad de Ingeniería Química, en la que hubo 77 desaparecidos. Empecé a militar en la Juventud Peronista, sobre todo en barrios. A partir de 1975 me vine a vivir a Rosario, porque las circunstancias allá no daban para más. Era una época de mucha efervescencia política los años ’60. Yo fui a vivir a una residencia estudiantil perteneciente a un colegio católico, que estaba manejado por un cura jesuita y, posteriormente, arribó a la institución Atilio Rosso, otro cura que había sido el dirigente más importante del catolicismo en Santa Fe. Vino con una tónica de que el profesional debía estar compenetrado con la realidad política de su país, porque decía que en realidad lo que la universidad forma son los dirigentes de la sociedad, por lo tanto si tienen contacto con ella serán más responsables. Así empecé.

¿Qué libros lo influyeron en aquellos años?

Leía mucho Juan José Hernández Arregui, Rodolfo Puiggrós, Jauretche –pero no era tan leído-, Perón. La formación de uno deviene en su mayoría de estos autores, en cuanto a la teoría.

Ya con el inicio del Golpe en 1976, ¿qué fue lo que primero le impactó seriamente?

Yo tenía 28 años y estaba casado. Uno sabía que iba a ser una dictadura a sangre y fuego. No había dudas de que se iba a intentar de terminar con todo régimen político. Por eso yo me voy de la ciudad de Santa Fe en diciembre de 1975 a Rosario, porque estaba convencido de lo que iba a suceder. Si bien ya había habido algunas desapariciones sobre personas específicas como el matrimonio Mestre en San Juán, uno sabía que podía ir detenido.

Mi esposa tiene un hermano que estuvo preso desde el año ’75 al ’84, fue uno de los últimos encarcelados que salió libre en democracia. También tiene un hermano desaparecido, Mario. Por eso, al poco tiempo de ese hecho es que decidimos irnos del país.

Uno de los grandes debates que aun hoy persisten en la sociedad es si se sabía o no, ¿cómo se informaba usted?; ¿era posible no saber?

La información llegaba por la prensa de organizaciones, desde pequeños volantes, revistitas, folletines, es decir de tipo clandestino. Nuestra práctica militante nos permitía hacer lecturas entre líneas. Era posible no saber, durante un tiempo, determinadas cosas, por ejemplo los campos de concentración. Uno conocía caídas. Se encontraba con alguien y nos decía: “mataron a tal”, “metieron preso a este”, “hicieron mierda una casa”. Esto generaba terror, porque el terror es cuando te hacen conocer una punta, no todo, porque todo lo demás te lo imaginás.

¿Cuándo percibió que podía ser perseguido?

Yo había sido detenido pocos días en el año ’69, porque allanaron una residencia estudiantil en la que había ¡un mimeógrafo!, una estupidez. Era nuestra forma de hacer propaganda. Entonces, una vez que uno tenía una causa federal ya era un tipo marcado.

Primero se va a Brasil y luego a Suecia, ¿por qué?

A Brasil, si bien había una dictadura, era más fácil desenvolverse por ser un país industrial, mientras que Uruguay, Chile, Bolivia eran peores que estar en Argentina. Brasil era la puerta de escape.

Llegar fue una odisea. Salimos un sábado a la mañana rumbo a Victoria, evitando pasar por Santa Fe, porque era una persona muy conocida. Nos habían dicho que la frontera de Colón, Paysandú, estaba abierta para quienes se quisieran ir, era un bolazo pero en ese momento lo creímos. Entonces en la Estación Fluvial tuvimos que tomar una lancha precaria que nos llevó a Victoria en 4 horas. Luego, nos tomamos varios colectivos hasta llegar a Colón y finalmente con un bolsito diminuto cruzamos.

Llegamos a la frontera de Rivera en Uruguay, pasamos por Santana do Livramento en Brasil y ahí uno veía los Falcons ¡con los fierros afuera!, una cosa terrible. En pleno viaje a Porto Alegre nos dimos cuenta que no teníamos ningún contacto allí, pero sí en San Pablo, así que nos fuimos para allá, donde nos recibió un amigo. Estuve trabajando en una carpintería un tiempo hasta que nos redujeron la visa de 3 meses a un mes. Fue ahí que conocimos Acnur (Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados). Uno se presentaba, escribía un relato que corroboraban, y si estaba de acuerdo con las condiciones de un refugiado político te obligaban a dejar de trabajar y te daban un dinero para subsistir.

Después te proponían algún país para irte. En general los que aceptaban refugiados políticos eran Suecia y en menor medida Francia. Nosotros fuimos a Suecia, utilizaban a los refugiados para cubrir las necesidades laborales que los suecos no querían realizar. Una vez que nos aceptaron, al mes pudimos viajar. Nos dieron una carta de viaje, es decir un papel con sello de Naciones Unidas, en la que Suecia se hacía responsable de tu viaje. Paramos en el sur de Suecia y de allí fuimos a un campamento en el año ’78.

¿Cómo era un día desde el exilio?

Hay dos partes. Los primero 4 meses vivías en ese campamento con casitas muy lindas sinceramente y había que cumplir 240 horas de sueco para conocer el lenguaje y después te permitían ir a donde vos quisieras. En general se iba a Estocolmo, donde uno se juntaba con otros pares y generaba naturalmente una especie de gueto. Se buscaba un departamento para alquilar y un trabajo.

El Ministerio de Trabajo de Suecia te permitía hacer un curso de un mes en algún oficio que te guste. Nosotros con mi mujer tuvimos conocimiento de que había una escuela en Estocolmo que brindaban un curso de un año y medio de sueco y te pagaban, pero además había que trabajar de otra cosa para poder juntar plata para en algún momento volver a Argentina. Era interesante como el Estado sueco te llevaba a un gran outlet donde uno podía elegir todo lo que necesitaba para su casa, como si fuera un préstamo pero nunca se pagaba. En general el exiliado trabajaba en la limpieza.

Al año y medio, nos llega una propuesta, producto de la revolución nicaragüense, de ir a colaborar a Nicaragua. A fines del ’79 comenzamos a trabajar allá en la campaña de alfabetización que fue algo bellísimo, una experiencia inolvidable. Sin embargo, hubo muchas tensiones porque estaban los contrarrevolucionarios, por lo que nos terminamos yendo a Costa Rica casi dos años, donde mi esposa consiguió una beca para enseñar en la facultad y yo con un compañero colaboraba en una radio. Y a fines del ’82 volvimos a San Pablo, Brasil. La cosa era mucho mejor, porque ya conocíamos más gente, yo volví a  trabajar en la carpintería hasta 1984 cuando nuestras familias nos dijeron que no había problemas para volver ya.

¿Tuvieron miedo en el exilio?

En Brasil, por ejemplo, estaban haciendo el cambio de la nafta a la alconafta, entonces cada dos por tres se sentían explosiones de los vehículos, pero cuando uno comienza a trabajar y intentar seguir con su vida empieza como a relajarse y se olvida un poco de los miedo infundados con los que llegó. Cuando uno pasa de un estado de temor, peligro constante y llega a un lugar distinto, aun no conociendo si ese lugar es peligroso o no, vos te sentís más liberado y perdés medidas de seguridad que naturalmente deberíamos haber tenido, porque se demostró que el Plan Cóndor existió y que hubo de secuestros de militantes en otros países.

Una vez vuelto a la Argentina, ¿seguía con ganas de militar?

Sí, pero con una idea equivocada. Tras un tiempo en que me di cuenta de cómo era la realidad, dejé de militar por mucho tiempo.

¿Cuál fue la idea equivocada?

Que había una consciencia mucho más próxima en cuanto a lo que planteábamos. Nunca había alcanzado a entender el terror que había generado la dictadura. Gente que aun en democracia todavía te ponían reparos para verte. Si esto lo trasladás al común de la gente hay un abismo enorme, porque si el tipo que te quiere te pone distancia imaginate el que no te conoce. Para mí la gran victoria del enemigo fue el terror que generó.

Dicen que algunos presos cuando salen en libertad mantienen el vicio de dar vueltas en círculos, ¿hay algún vicio de aquella época que aun hoy mantenga?

No me gusta que me saquen fotos.

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