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Descanso dominical, un derecho al que se lo llenó de excusas

El 6 de agosto de 1906 nacía en Buenos Aires quien conoceríamos más adelante como Cátulo Castillo, el gran poeta y compositor. Su nombre de pila era Ovidio porque su padre no consiguió convencer al empleado del registro civil que acepte inscribirlo con otro nombre: el de Descanso Dominical Castillo.

Su padre, militante anarquista, quería que su hijo tuviera la marca de aquello que había alumbrado el parlamento nacional el año anterior. El 9 de septiembre de 1905 se publicaba en el Boletín Oficial la Ley 4661 que definía e instauraba el descanso dominical por iniciativa de Joaquín V. González.

El debate parlamentario de la época resulta muy didáctico leído en este presente 2016, sobre todo en la palabra de Federico Pinedo.

Pero ahora estamos en otra época y lugar aunque nuevamente discutiendo si se trata de una reivindicación justa de los trabajadores o si implica otro golpe para el empleo y el bienestar.

Esta nota tiene como propósito poner en el centro el sentido común asociado con el derecho a una vida más pausada tanto para los trabajadores como para quienes en rol de consumidores usan el domingo como día de compras.

Las necesidades, las que requieran ser cubiertas mediante el uso de dinero, pueden ser satisfechas cualquier día de la semana.

¿Si los domingos no hubiese actividad comercial, no es previsible que tales compras sean realizadas de lunes a sábado? Si esto no fuese así sería la cruda constatación que las necesidades cubiertas en día domingo no serían tales, sino cuasi necesidades o simplemente necesidades artificialmente creadas. La más probable es que si un domingo no encontrásemos la ferretería, la mercería, la regalería, la pescadería o la carnicería del barrio abiertas, tomemos precauciones para el futuro y las compras las hagamos en cualquier otro día.

La excusa puesta por los voceros de los grandes centros de consumo orientada a extorsionar a los trabajadores y a los gobiernos que deben decidir sobre la materia es sólo eso: una excusa que parte de una falsa premisa. 

Si ante la inactividad dominguera las compras se trasladasen –como es previsible- a los demás días de la semana no habría merma en las ventas sino reubicación calendaria y horaria de las mismas. Se vendería lo mismo si efectivamente se tratase de necesidades impostergables.

El dato adicional es que los centros de consumo ahorrarían en el principal insumo utilizado, en esta coyuntura recargado por el aumento de tarifas: la energía eléctrica. ¿Y el personal sobrante? Esto es parte de la extorsión porque lo notorio es la insuficiencia de personal y no su sobre abundancia, razón por la cual no trabajando los domingos podría ampliarse la prestación a la clientela de lunes a sábado y evitar colas interminables en la línea de cajas.

Una argumentación recurrente desde grupos de consumidores es que el domingo es el único día que tienen tiempo para hacer las compras. Es otra trampa de la vida alocada: todos y todas tenemos el derecho de dedicar parte de nuestro día también a ocuparnos del hogar, la familia, de los amigos y amigas y de hacer nuestras compras.

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