Rusia y Estados Unidos: no los une el amor sino el espanto

Vladimir Putin sorprendió una vez más al afirmar que el abordaje de la crisis siria podría ser un “modelo” de cooperación entre Rusia y Occidente.

El presidente ruso tomó una vez más la iniciativa, aunque ahora de una manera más pacífica, intentando demostrar liderazgo en lugar de su prepotencia habitual. No cesó en sus críticas a la política exterior estadounidense, pero expresó su interés puntual por hacer causa común ante la crisis siria y dejó en claro que espera que los Estados Unidos reconozcan a Rusia como una potencia en igualdad de condiciones.

Siria es hoy un “modelo” para “una asociación en nombre de unos intereses comunes” y para “elaborar un sistema eficaz de gestión de los riesgos”, sostuvo Putin. Para el líder ruso, la crisis siria supone la tercera oportunidad para lograr esa finalidad, después de dos intentos fallidos, uno tras el final de la Guerra Fría, y otro a comienzos del milenio, con la aparición de la amenaza terrorista. Y avanzó un poco más al agregar que “hay progreso” en los contactos y en el intercambio de información. “Lo más importante es que nos tratemos como aliados en una misma guerra”, sentenció.

Al hacer estas declaraciones, Vladimir Putin deja entender que Rusia y los Estados Unidos ensayan un proceso de distensión, luego de un largo período signado por la desconfianza y las pugnas en distintos sitios del planeta. Los gobiernos de ambos países tuvieron posturas encontradas ante las distintas crisis abiertas en el marco de lo que se dio en llamar “primavera árabe”. Tuvieron una posibilidad cooperar durante las negociaciones con Irán a propósito de su programa nuclear. Pero Rusia se vio amenazada en distintas oportunidades por los avances de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) sobre países que anteriormente formaban parte de su órbita. El límite fue Ucrania. Allí, Putin demostró todo su poder al no permitir que ese país casi vasallo de Rusia, pasara sin más a formar parte de la órbita occidental. De manera descarada, casi brutal, Rusia apoyó  a los secesionistas prorrusos de Crimea. Rusia le amputó un pedazo de su territorio a Ucrania y se lo anexó, al mejor estilo de la vieja Rusia imperial de los Zares. Pero no quedó todo allí: Rusia alentó, armó y apoyó a los secesionistas prorrusos de las regiones ucranianas de Donetsk y Lugansk. Desde los Estados Unidos y Europa se armó y alentó al gobierno ucraniano para que los combatieran. Y esa guerra velada entre Rusia y Occidente en Ucrania se prolongó hasta el presente.

Además, impulsada por los Estados Unidos, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) propiciaron sanciones comerciales y financieras contra Rusia, que perjudicaron su economía en momentos en que no anda bien, la inflación causa estragos y la caída del precio internacional del petróleo no ayuda.

Putin es plenamente consciente de que el sistema político internacional todavía se está reconfigurando desde el final de la Guerra Fría y el bipolarismo Unión Soviética-Estados Unidos. Un juego de nuevos imperialismos parece estar desarrollándose pero ahora entre una China en ascenso y unos Estados Unidos que acusan la fatiga y el descrédito tras setenta años de ejercicio de la condición de “policía global”. Ante ese panorama, Putin intenta sumar a Rusia a esa puja de poderes imperiales, intentando hacer equilibrio entre China y los Estados Unidos. Con China mantiene cierta desconfianza pero también alianzas estratégicas en el marco de su participación en el grupo BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica). Con los Estados Unidos hay una tensión permanente, producto de la herencia de la etapa bipolar, siendo que son las dos potencias armamentísticas más fuertes del planeta.

“No nos une el amor, sino el espanto”

Putin vió lo evidente: a Rusia y a los Estados Unidos no los une el amor, los une el espanto que les provoca el terrorismo fanático. Puntualmente, ISIS se ha convertido -ya es un ícono universal del terrorismo- en un factor unificador de los actores políticos más diversos, algo que no sucedía desde la Segunda Guerra Mundial. Los disímiles intereses de los Estados Unidos, Rusia, Irán y la Iglesia Católica, encontraron un punto en común y es la aversión ante la brutalidad intolerable ejercida por ISIS.

Rusia se involucró directamente en el conflicto Sirio a fines de septiembre. Tal como Putin le prometió su par norteamericano, Barack Obama, avisó antes de que los aviones rusos bombardearan posiciones ISIS. Sin embargo, marcó su territorio y fue en defensa de su aliado, el presidente sirio Bachar al-Asad. Por eso los bombardeos rusos se extendieron también contra los rebeldes que combaten contra las fuerzas regulares sirias e ISIS al mismo tiempo. Putin defenderá la posición rusa en Siria, donde tiene acceso a puertos militares sobre el Mediterráneo Oriental. El garante de ese statu quo es Bachar al-Asad, quien la semana pasada salió por primera vez de su país desde 2011 -año en el que comenzó la guerra civil- para viajar precisamente a Moscú y fotografiarse con su aliado Putin. Lo que se dice, todo un gesto.

En concreto, el mandatario ruso propuso un plan para superar la crisis en Siria que prevé en primer lugar, liberar el territorio de Siria e Irak de los terroristas e impedir que trasladen sus actividades a otras regiones. Para lograr ese objetivo, Putin promueve la idea de unir a todos los grupos dispuestos a colaborar contra ISIS, entre los que mencionó como potenciales aliados a los ejércitos regulares de Irak y Siria, las milicias kurdas y otros grupos de oposición dispuestos a colaborar para acabar con el terrorismo. Una eventual victoria militar sobre ellos “no resuelve todos los problemas, pero permite comenzar el proceso político de diálogo entre todas las fuerzas sirias”, sentenció Putin, interesado en apuntalar las debilitadas estructuras estatales sirias que controla su aliado al-Asad.

El líder ruso apunta a diagramar conjuntamente una hoja de ruta que permita reconstruir la región con el apoyo de donantes internacionales y expresó que sólo esa reconstrucción puede frenar el flujo de migrantes a países europeos y propiciar su retorno a sus lugares de origen. En otras palabras, hay que lograr que quienes quieren huir prefieran quedarse, y que quienes huyeron deseen volver. Los europeos están espacialmente interesados en este punto, para poder aplicarle un torniquete a la crisis de los refugiados.

Siria es el primer paso, Ucrania el segundo

Ya hay dos pautas de que los gobiernos de Rusia y los Estados Unidos estuvieron realizando acuerdos que no estaban hasta ahora a la vista. La primera es un acuerdo de colaboración entre las fuerzas aéreas de ambos países que se encuentran actuando en Siria, para alternar los bombardeos sobre objetivos específicos, y evitar incidentes entre ellas.

La segunda pauta, es la que pone el acento sobre la crisis ucraniana. Con argumentos vagos, el presidente Obama impuso la semana pasada un veto sobre el proyecto del presupuesto de defensa de los Estados Unidos para 2016, que contemplaba envíos de armas letales a Ucrania. El documento, aprobado por ambas cámaras del Congreso, asignaba 300 millones -de los 612 mil millones de dólares presupuestados- para la ayuda militar a Ucrania en la lucha contra los rebeldes prorrusos. Dicho de otro modo, Obama suspendió por el momento la ayuda occidental al gobierno de Ucrania, que se supone es su aliado.

Este cambio en la política de los Estados Unidos ante la crisis ucraniana, es una clara muestra de que existe un principio de acuerdo amplio entre Rusia y los Estados Unidos. Y la idea de Putin es que  la cooperación entre Rusia y Occidente en Siria se prolongue a otros escenarios.

Si esta confluencia de intereses de ambas potencias sirve para derrotar al terrorismo fanático de ISIS, llevando estabilidad a Medio Oriente, será una buena noticia. Pero sería aún mejor si ambos países encontraran nuevos puntos de encuentro para continuar cooperando, si es que consiguen  darle fin al largo conflicto de división nacionalista en Ucrania, que amenaza a una Europa en pleno proceso de exaltación de los nacionalismos. Porque en la historia reciente, cada vez que Europa ingresó en un pico de exaltación nacionalista, hubo una Guerra Mundial.

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