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Infancia y reflexiones de tres rosarinos nacidos en marzo de 1976

Pablo, Giselle y Sebastián llegaron al mundo cuando comenzaba la última dictadura militar, vivieron infancias muy diferentes y se convirtieron en adultos que hoy, a cuarenta años del golpe, se animan a reflexionar sobre una herida que busca cerrarse

Son muy pocos los seres memoriosos que recuerdan su primera infancia. Olor a óleo calcáreo, mucho color verde oliva, un cartel “la Graciela compró, andá para el ‘ospital’”, una cruz. Esos son los primeros recuerdos de tres rosarinos con infancias muy disímiles pero con un denominador común: nacieron en marzo de 1976, mes que marcó el inicio de una de las épocas más nefastas de la historia argentina. Y vivieron sus primeros años en un ambiente tenso marcado por la incertidumbre.

La mantequera color azul y blanca de los padres de Pablo acompañó a su familia desde antes de su nacimiento, en los amaneceres mientras leían el diario previo a la escuela, y hoy los sigue acompañando cada día antes de ir al trabajo. El muñeco cowboy de playmobil vino después, de la mano de la globalización, un “emblema yanqui que trajo la dictadura con tantas otras cosas”.

Giselle en cambio se retrotrae a su primera infancia en un libro bordó de tapa dura con poesías de Violeta Parra y algunas fotos de cuando era bebé, siempre con una boina roja. El libro es edición 1976. Y el 23 de marzo su abuela dejó un cartel a su padre en la mesa de la cocina: “Enzo: la Graciela compró una nena. Andá para el ‘Ospital”.

Y Sebastián puede asegurar que el color verde oliva es el único recuerdo que “no es construido de esos primeros dos años”, porque era un color que veía por todos lados. En su cuaderno de primer grado trazó un soldado y un mapa con la inscripción “conocimiento de la realidad: las Malvinas son argentinas” y la corrección de la señorita que consignaba un “excelente trabajito”.

Mientras Pablo vivió una infancia entre algodones, nacido en una familia conservadora de un barrio acomodado donde no pasaban las tropas, Sebastián percibió la incertidumbre de convivir con quienes hacían el servicio militar todos los días por estar al lado del ex Batallón 121, y Giselle, hija de la rebeldía, vivió como moneda corriente las reuniones clandestinas de militantes de izquierda y despidió a los cuatro años a un tío fallecido en "circunstancias dudosas".

La boina roja y el velo negro

Giselle Marino nació el 23 de marzo de 1976 a las 10.15 de la mañana en el hospital Eva Perón de Granadero Baigorria. Al anochecer de su natalicio su madre Graciela escuchó los pasos de botas en los pasillos del nosocomio y luego se vio rodeada de soldados: la última dictadura militar había comenzado.

Vivió su infancia en barrio Refinería, junto a sus dos padres, una acérrima militante del PC y un amante de la poesía de Neruda y las artes, que “tenían naturalizado lo que pasaba, y se enteraban por las revistas clandestinas que circulaban de las novedades”. En su casa sonaban Violeta Parra, Milanés, Silvio Rodríguez, Serrat y también los Beatles. 

En el barrio la familia Marino era señalada por los vecinos que veían los movimientos de gente que ingresaba a su hogar donde había siempre reuniones clandestinas de militantes comunistas. "Aunque tenían miedo siguieron militando durante la dictadura”, remarcó Giselle.

Ella estima que sus padres no fueron objetivo de las milicias porque la Unión Soviética hizo negocios con la dictadura argentina, por lo que muchos comunistas no eran tocados,  y algunos fueron incorporados al servicio militar. De hecho, esto ocurrió con el tío de Giselle, que con 18 años y una militancia temprana fue convocado a reclutarse en la ciudad de Sannto Tomé, y luego llevado a Catamarca.

Era 1979, Giselle ya caminaba y hablaba, cuando “un velo negro cubrió a toda la familia”, porque a su tío le habían prometido que le daban de baja, cuando su abuelo (un sindicalista al que allanaron varias veces y fue preso en el golpe de Onganía) sospechó que algo le había pasado. Allí recordó que un año antes, cuando no sabían a dónde se encontraba, vieron una lista con su nombre y una cruz marcada con rojo al costado.

Fue el llamado desde Catamarca el que les dio la noticia: su tío había tenido un accidente. Un disparo “accidental” en la sien mientras supuestamente cuidaba un cuarto de armas, episodio que su familia no pudo superar y del cual nunca pudo averiguar demsiado. “Supimos que hay protocolos de seguridad, que las armas tienen trabas, y no están cargadas, por lo que no se explica como pasó”, sostiene.

Los organismos de derechos humanos tampoco investigaron: su tío era comunista pero era colimba. Su abuela quería dormir todo el día, y el abuelo y la madre de Giselle (quien sólo tenía 33 años) murieron unos años después de la tristeza. “Éste fue el hecho más fuerte de mi infancia”, destacó.

Giselle vivió su infancia en Refinería y fue a la escuela Juan B. Justo de Velez Sarsfield al 400, donde recuerda que “la maestra golpeó a varios compañeros con la cabeza contra el pizarrón, y tras contarle a mi madre, ella habló con las madres de estos chicos golpeados, quienes no hicieron nada”. Entonces, la joven marxista decidió cambiarla de colegio.

Después cuando volvió la democracia, Giselle tenía siete años y como tarea tenía que hacer un micro de radio. Armó con ayuda de su madre información del clima y las efemérides, y entre ellas estaba la fecha de muerte del Che Guevara. “En mi casa el Che estaba presente en los posters, se hablaba de sus acciones, y para mí era un héroe natural”, remarcó.

Claro que cuando la niña leyó el texto frente a toda la escuela se armó un revuelo, con maestras y directora indignadas. No sabe si después hablaron con su madre, pero de todas formas ella siempre enfrentaba a las autoridades escolares. “Ella era completamente idealista y estaba convencida que iba a hacer la revolución, y eso me forjó mi carácter de defender mis derechos y no bajar la cabeza mas allá de las consecuencias que pueda traer”, finalizó. Este miércoles Giselle cumplió 40 años, en la víspera del comienzo de la época más nefasta del país.

Una mantequera y un playmóbil del lejano norte

Pablo Olive nació el 1º de marzo de 1976 en una familia tradicional. El tercero de tres hijos, el esperado varón. De casualidad no nació el 29 de febrero en ese año bisiesto. Se hubiera quedado con muchos menos festejos.

Su madre era cristiana y había nacido en Las Rosas. De una familia “de la alta alcurnia conservadora”, que enseñaba Matemáticas y que visitó siempre la iglesia del Padre Ignacio. Su padre no se quedaba atrás: venía de una familia aristocrática de bulevar Oroño. Nunca les interesó la política, eran una típica clase. Aunque tenían en claro que odiaban a Perón. “Decían que era lo peor que podía pasarle al país, como piensan muchos de clase media”, recuerda su hijo.

Vivían en el barrio Parquefield, una zona tranquila de familias acomodadas con hijos pequeños que acudían a la misma escuela, iglesia y club. Como no abundaban obreros ni estudiantes universitarios, no había rondas de vigilancia militar. “El barrio siempre fue una burbuja, no tengo ni un recuerdo de haber visto soldados”, aseguró.

Sobre esa infancia acomodada sólo recuerda haber visto a los militares en los desfiles por el día de la bandera, del que los Olive participaban activamente porque su padre llevaba su Jaguar y paseaba con los demás autos antiguos con orgullo patriótico.

Muy diferente fue el desfile unos años después, en que detrás de los prolijos uniformados marchaban los ex combatientes de Malvinas. Pablo reconoció que “a ellos los miraban con lástima, como los locos”, pasando de una imagen de “los gloriosos a los vergonzosos”.

En casa de los Olive nunca se habló siquiera de vecinos que andasen en algo raro porque “la religión no les permitía hablar mal de los vecinos, pero seguro habrán pensado en el ‘algo habrán hecho’ cuando escucharon de los desaparecidos”, interpreta Pablo.

Por eso, reconoce: “Caí bastante tarde sobre lo que ocurrió en la dictadura, porque era rebelde en la escuela secundaria. Al ser religiosa no nos enseñaron lo que pasó, y mis padres claro que no sabían ni querían saber demasiado en sus vidas de confort”. La única que hablaba de marchas y asambleas era su amiga Valentina, un bicho raro en el barrio.

Fue en esa época que Pablo comenzó a leer, mucho, y dedujo por su cuenta lo que pasó con las desapariciones. Primero culpó a sus padres por no contarle, y luego cayó en la cuenta que “no se podía culpar a cada uno de la sociedad”.

Por su comportamiento rebelde el colegio Natividad del Señor lo invitó “amablemente a retirarse”, y terminó el secundario en el colegio Las Heras, donde conoció gente de barrios más humildes y obreros que le abrieron la cabeza.

En ese momento de su vida, Pablo rompió todo vínculo con la religión, lo cual quebró por unos años la relación con su madre. Su padre lo secundó, y ambos hoy son agnósticos. “Me llevó diez años romper del todo porque el mandato famiiar y la culpa está”, confiesa.

Soldaditos, tanques y el Mundial 78

Sebastián Stampella nació el 15 de marzo de 1976. Creció en una cortada tranquila con chalets en el barrio Tiro Suizo, a tres cuadras el ex Batallón 121, donde “todos los vecinitos jugaban al fútbol en la calle”. Pero esa tranquilidad era incómoda, por la eterna presencia de soldados, jeeps y tanques, a los que el niño miraba atónito, como “una imagen que no era normal, porque eran como los soldaditos y armas con los que jugábamos”.

Su padre Oscar era un ingeniero electricista, de clase media trabajadora que vivió su juventud universitaria en la época del Rosariazo, y su madre, Inés, ama de casa, por lo que no vivían aislados pero tampoco en extremo politizados. “Los vecinos siempre comentaban las cosas que se escuchaban, algunos negaban todo y otros se asustaban”, recordó. Lo seguro es que sus primeros años de vida fueron con incertidumbre y preocupación sin dimensiones de lo que verdaderamente ocurría, en el seno de una familia feliz.

Su primer recuerdo nítido es de cuando tenía seis años. En la escuela se repartían símbolos patrios como banderitas y escarapelas porque comenzaba el histórico Mundial que tuvo al país de anfitrión y campeón. “Tengo muy presente la imagen de miles de rosarinos festejando por avenida San Martín al 5000, “con muchas banderitas y de nuevo el verde oliva”.

Más adelante, en 1982, con la guerra de Malvinas, la escuela La Argentina, adonde fue Sebastián, al igual que todas las escuelas de entonces, apoyaba la guerra y organizaba colectas para los heroicos soldados, que luego nunca llegaron.

“Por la mañana, antes de las clases, cantábamos "Aurora" y "La marcha de Malvinas". Y la directora hablaba en los actos en un tono que ahora me parece emular a Videla. Era rígida, con énfasis castrenses”, apuntó.

Aunque su familia era patriótica, “no respaldaba la guerra, les parecía mal que hubiera pibes peleando y muriendo”.

Fue recién durante sus estudios universitarios en la Facultad de Comunicación que Sebastián conoció hijos de desaparecidos y compañeros más politizados que le ayudaron a leer la historia reciente. Supo de las instituciones que habían entregado gente. También cayó en la cuenta de “cómo revistas y canales televisivos operaban a favor del gobierno de facto, era patético”.

Sebastián fue como muchos chicos de su edad, reclutado por el servicio militar obligatorio.  “Estuve a punto de ir a la Marina, aunque hice lo posible por zafar, pasé los chequeos médicos donde me trataron como basura. Los detestaba”. Pero justo cuando estaba por viajar al sur, el presidente Carlos Menem derogó la obligatoriedad.

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